El tema de la utilización de drogas consideradas peligrosas para su aplicación a los tratamientos medicinales ortodoxos ha tenido una nueva muestra de exposición pública y de planteo de un debate que recién parece haberse iniciado.

Informaciones que aportan las agencias de noticias dan cuenta que el Consejo Municipal de West Hollywood, un exclusivo barrio de 35.000 habitantes entre Los Angeles y Beverly Hills, conocido también como el sector gay de la ciudad, aprobó por unanimidad una resolución que exhorta a la Policía de Los Angeles a no detener a personas que porten pequeñas cantidades de marihuana.
Según se informa, la medida, que ya entró en vigencia, no precisa si su alcance se refiere a residencias particulares o bares, así como tampoco especifica, sin embargo, que estará prohibido fumar marihuana en lugares públicos, y que se mantendrán las penalizaciones para los menores de edad y los revendedores de droga.
En California se legalizó en 1996 la utilización de pequeñas cantidades de cannabis con fines médicos, a pesar de que la medida se contradice con las leyes del gobierno federal que prohíben el consumo de drogas.

No obstante, desde entonces se abrieron clínicas que tratan con marihuana a pacientes, y otras ciudades californianas, como San Francisco y Oakland, pidieron igualmente a sus policías no arremeter contra las personas que lleven consigo pequeñas cantidades de la droga.

Esto, sumado a una novedad que indica que científicos israelíes han logrado adecuar una droga contra la hipertensión también basada en la hierba base de la marihuana, pone al mundo médico en una encrucijada que obligará a un debate en el orden ético y social antes de continuar hacia otros progresos específicamente médicos o de salud.

Y este es un punto que requiere de varias compulsas. Es un hecho que en nuestra sociedad el consumo de sicofármacos no es algo nuevo y, por el contrario, linda con un abuso que supera en mucho las prescripciones médicas.

En este sentido, hablar de adicciones aparece como algo blanqueado ante la sociedad, todo lo contrario a quien consume un cigarrillo de marihuana u otro tipo de sustancia, quien se ubica en una franja de marginalidad, virtualmente condenado al ostracismo.

Lógicamente que aquí habrá de separarse lo que indica la ley y sus restricciones al respecto, ya que en caso contrario se corre el riesgo de incurrir en un grave prejuzgamiento.

Hemos reiterado en diferentes publicaciones de este Diario que es necesario separar al enfermo consumista del traficante que propone el mortal negocio a la sociedad. Es más, nuestras leyes contemplan clara y puntualmente el suceso, pero aún tenemos mucho camino por recorrer.

Hay una sociedad enferma que se nutre de lo que encuentra a mano para "curar" sus problemas, pero no todos tienen la posibilidad de acceder a un tratamiento médico adecuado, y allí es donde aparecen las diferencias y hacen su agosto aquellos que "tienen la solución" a mano.

Bueno sería que no nos sorprenda este tipo de situaciones. Estamos en un segmento de cambio en nuestro ámbito, el mundo supone una diferencia notoria en el día a día, y esto nos incluye a todos.
Sería demasiado audaz ingresar a una etapa de despenalización del uso de alucinógenos, cuando aún hay muchas cosas por discutir, pero deberemos dejar la puerta abierta para que la ciencia pueda sacar rédito de sustancias que hasta ahora se han utilizado más para causar daño que para otra cosa.

El tema está lanzado. Bienvenido aquello que sirva para mejorar la calidad de vida, aunque antes deberemos meditar sobre beneficios y perjuicios de un tema que tienen tantas polémicas como años, y estos no son pocos.

Vínculo